Un viaje anecdótico. Viaje a Granada de 2º AC y BC

Por Joaquín Macanás. 2º BC

De júbilo saltamos cuando al fin supimos que los bachilleres de ciencias iban a tener un viaje.  Como bravos preuniversitarios no podíamos permitirnos ser menos que los de letras. La única pega que veíamos es que lo habían puesto de tal manera que sólo perderíamos un día de clase. En cualquier caso, no presagiábamos los fastuosos acontecimientos que estaban por suceder.

El viaje comenzó bien un miércoles en la mañana. Llegamos a Almería, a las cuevas de Sorbas, donde pudimos conocer un “campo de golf” natural y a lo bestia. Demasiados hoyos y una frase inquisidora en la nuca: “¡No me piséis los líquenes que se me estropean!”.

Tras esa primera incursión natural nos dirigimos a hacer un poco de espeleología. Fue entonces cuando el apelativo de las hermanas Hilton fue acuñado, y cuando empezarían a hacerle justicia, dándonos perlas a cual mejor. La comida en el comedor estuvo marcada por los viajes a la barra de fuera a flirtear con la rubia del culo fresco, eso sí, hasta que Águeda nos sentenció.

Esa tarde-noche, tras la visita al mirador en Granada, un grupo bastante amplio nos relajamos en un bar cercano, pues faltaba tiempo para ir al albergue. Así cayó la primera reprimenda a cargo de las que momentáneamente se convirtieron en las primas de la sargento O’neil, y simplemente porque decían que nos habíamos retrasado, esto es, 2 cañas, para entendernos.

Esa noche Granada nos hechizó con sus tascas y teterías, que hicieron las delicias de los paladares más ambiciosos y relajaron a los más nerviosos con sus cachimbas. Al volver al albergue, cómo no, se dio la archiconocida situación de subir la “segurata” y sacarnos de las habitaciones por, ojo al dato, estar jugando al póker y similares; no había ruido apreciable. Es igual, bajamos y nos juntaron con otros de un instituto, cuya maestra tenía complejo de Sor Puritana, aunque esto no viene al caso. Además se dio la gran disputa entre Marcos y Lola, junto con la “segurata”, muy a lo “ley y orden”.

Al día siguiente tuvo lugar en la Alhambra, tras una penosa llegada, pues las sardinas gozan de enormes palecetes en sus latas comparado con los urbanos de Granada, la principal anécdota. Diego cayó a la larga fuente de los jardines en su intento de echar una foto, con desastrosas consecuencias. Aunque por otra parte es el único que puede decir que se ha bañado allí, y sin pagar un duro de multa, ahí es nada.

Por la tarde jugamos un rato a ser Heidi, sólo nos faltaba el abuelo y el  perro,  pero  teníamos las montañas y la nieve, que estamos en crisis. Mientras algunos, con complejo de viejas clocas, se fueron a beber chocolate caliente, otros fuimos a hacer el animal tirándonos con un trineo encontrado y medio roto, experiencia memorable donde las haya.

Esa noche pudimos salir hasta más tarde, y nos dimos una buena fiesta gracias al amigo Félix que encontró un pub rockero en el que se estaba bastante bien, además el camarero nos dejaba jugar al futbolín de gratis, lo cual no estaba nada mal.

Aquella noche más de uno volvió al albergue muy feliz. La “segurata” ya no nos molestó.

A la mañana siguiente, día de hacer maletas y caras resacosas, fuimos a ver la catedral y demás. Y como parecía no haber más gente, las gitanas del romero y futurólogas no hacían más que darnos la brasa, hasta que, aburridas, vieron que no nos sacarían ni un “guirlón”. Otro percance aconteció, pues  María José decidió jugar a Superman sobre los adoquines; por suerte no llegó a traspasarlos. Y a nuestro productor de anécdotas particular le volvió a suceder una de las suyas, y sólo digo que un cuadro que compró y una paloma granadina guardan estrecha relación.

La tarde de aquel viernes la pasamos en el Museo de las Ciencias, donde había en la puerta un metálico hombre de bigote que alguien pareció no reconocer. Caímos en los encantos de las monitoras, y para seguir con la tónica del viaje nos divertimos bastante. No olvidar algunos de los ronquidos que se oyeron en el planetario; pero qué quieren, todo oscuro, música ambiental y una proyección tan entretenida como un discurso de Fidel Castro, bastante es.  El rasgo distintivo de los trayectos fueron, cómo no, los chistes, que unos pillaban más que otros, ¿no? En cualquier caso no olvidaremos frases célebres como “¡Qué coca ni qué coca!”,  “Sólo era para ver cómo me quedaba la perilla” o “llega un lepero con el Dalai Lama a la final de mímica del mundo”. Y mucho menos las diestras habilidades de Águeda en lo que a la comedia se refiere, así como cuando Lola nos deleitó cantando por bulerías en el micro del autobús. Sin duda un viaje memorable marcado por una carcajada de fondo y la gran frase: ¡Que lo mato!

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