Editorial. Año III. Número 4. Tercer trimestre. 2010-2011

Occidente, con paso de gigante, había llegado a la meta. Tras ella no habría más camino que recorrer. El mundo próspero, el mundo libre, el mundo de la alta tecnología, el mundo del ocio, de los sueños realizados, de la medicina milagrosa, del consumo feliz, no tendría por qué volver a rendir cuentas ante los libros de Historia. Ya no sería necesario. A partir de ahí se habría inaugurado el paraíso en la tierra. Pero, de repente, la burbuja estalla y el cielo parece caerse sobre nuestras cabezas. Miramos a nuestro alrededor nosotros, los hijos del progreso y la civilización, y nos damos cuenta de que todo ha sido un espejismo engordado por la desmedida codicia y la falta de previsión. El mundo financiero se tambalea, las empresas se arruinan, los estados, asfixiados por la deuda y la corrupción, hacen a los ciudadanos responsables del desastre y comienza la sangría. Desempleo, subidas de precios y de impuestos, pérdida de derechos sociales -ahora llamados privilegios– y pobreza. Pero los ciudadanos no se resignan. Islandia enciende la mecha saliendo a la calle y señalando directamente a los responsables de la crisis: el gobierno y los bancos. Rápidamente el fuego prende en el Magreb y en otros países árabes. Los tunecinos y los egipcios destituyen a su presidente; los libios se enzarzan en una cruenta guerra de imprevisibles consecuencias; en Bahrein las protestas se cobran decenas de muertos.

¿Y España? El milagro español, basado en la construcción y en el dinero fácil, ha terminado desinflándose como los globos olvidados de una fiesta. Un sistema educativo catastrófico, una sociedad subvencionada que abomina del mérito personal, un sistema productivo que ha laminado el poco tejido industrial que poseía, han convertido a España en un erial con un futuro bastante incierto. En Madrid, el 15 de mayo, hubo una reacción. Desde entonces las principales plazas de nuestras capitales están ocupadas. Es pronto para extraer conclusiones, ya que, por ahora, la protesta es demasiado difusa y, para colmo, ya empiezan a observarse los primeros movimientos de los partidos políticos para intentar minimizar de algún modo el golpe sufrido al régimen político que los sustenta. Pero quizá no erremos al asegurar que lo que está ocurriendo aquí tiene mucho que ver con lo que pasa en el mundo.

Cuando el hambre aprieta, la mirada cobra una nueva perspicacia. De pronto la sociedad, que cedió gustosamente en favor del bienestar el terreno de las libertades civiles, quiere volver a recuperarlo. Se grita libertad en África, en Europa y en Asia porque las penurias que se han empezado a sufrir han obligado a muchos a abrir los ojos ante la pantomima de la modernidad. Los sistemas políticos, crecidos a la sombra del supuesto bien común, se revelan ahora como enormes e hipertrofiadas máquinas de burocracia, corrupción y despilfarro.

En marzo de este año pasó por Los Cantos don Antonio García-Trevijano y nos dio un diagnóstico del mal actual -el sistema no es democrático sino partidocrático-, y una solución -la libertad colectiva-.

Tal vez haya llegado el momento de pensar seriamente en ello.

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